10 feb. 2010

Ojalá que llueva café en el campo

Así, de esa forma, como dice la canción nos entregamos a las ilusiones y deseos; sentimientos que nos fueron inculcados por aquellas personas que nos enseñaron cuando éramos niños, sueños, cosas que queremos que nos sucedan. Como cuando nos preguntaban que queríamos ser cuando fuésemos grandes, sin darnos cuenta – quizás - que siendo niños éramos grandes. Esa desconexión con el presente que nos empezó a llevar hacia el futuro, de la mano de los miedos y fracasos, si no llegábamos a conseguir lo que queríamos.

Y llegó un día que nos hicimos adolescentes, jóvenes, adultos, ancianos, y empezamos a desear estudiar determinada materia o carrera, o a querer tener a una persona que nos gustaba a nuestro lado, a ser de tal o cual manera en el futuro. Y en este gigante grupo de personas en el que me incluyo, llegamos a desconectarnos con el presente de tal manera que si trazáramos una línea del tiempo de nuestra vida veríamos que casi el 100 % de la misma se divide entre el tiempo que pasó, aquellos que llamamos pasado, y que muchas veces inunda y se hace carne en nuestro presente; y el futuro que incluye todas esas veces que nos preocupamos, que tenemos miedo, que nos estresamos por lo que podría llegar a ocurrir, o que nos ilusionamos y deseamos otra cosa diferente a lo que es hoy en el presente. Y cuando nos damos cuenta donde estamos o quiénes somos, el presente es lo único que tenemos, porque tanto el pasado como el futuro son construcciones mentales. En el pasado, acerca de lo que nuestra mente cree que ocurrió o que vivió y que recuerda a través de pequeños pedazos de información que fueron grabados gracias a los sentidos que poseemos, y el futuro acerca de todo lo que queremos conseguir, poseer, tener, ser, hacer o dejar de hacer.

Por esa importancia que le asigno al presente es que me voy a encargar de él. Porque es éste preciso momento lo único que realmente tenemos y con lo que podemos hacer algo. Si nos ponemos a buscar definiciones del presente vamos a encontrar muy poco referido al tema, a la filosofía de vivir el presente, ese momento de tiempo minúsculo que pasó a ser parte del pasado en lo que tardo en escribir un renglón.

En estos últimos años, muchos son los autores de libros – gracias a dios - que se encargan de fomentar esta filosofía de vida, que consiste simplemente en dejar de preocuparnos por lo que podría llegar a suceder y también simplemente hacer lo que tenemos ganas de hacer en este preciso momento, como por ejemplo me place escribir y escribir sobre este tema, y nada de lo que me rodea merece más atención que la pantalla y el teclado. Presente, estar acá, ahora, sin inquietarnos por lo que pasó ni por lo que puede llegar a surgir. Vivirlo realmente, salir a la calle y hacer lo que tenga ganas de hacer, sin prejuicios, sin tabúes.

En el mundo de las organizaciones en el que vivimos, sea el lugar en el que trabajamos, nuestra empresa, el hogar que compartimos o el club del barrio, acostumbramos a planificar, o sea situarnos con la mente en algún lugar del futuro donde nos gustaría llegar a estar, o llegar a ser y fijarnos los pasos que creemos deberíamos caminar para llegar a ese lugar paradisíaco que nuestra mente creó para encontrarle un sentido a lo que hacemos. ¿Por qué meto al sentido de la vida en esto? No lo sé, quizás me guste complicarla un poco más. El sentido de la vida entendido como una vida con sentido implica situarnos en el presente, mirarnos de pies a cabeza, observarnos por dentro, en los recovecos que nadie ve y hacer un propio análisis sobre lo que estamos estudiando, y posteriormente a eso pensar a donde nos gustaría estar. Y luego lo que ocurre generalmente es que bajamos esa imagen mental a un pedazo de papel para que otros puedan entender hacia donde vamos, y llevarlos hacia ese sueño.

Ahora bien, para dejar las cosas en claro, en más del 95 % de los casos esa imagen mental nunca llega a concretarse de la forma en que fue concebida en la mente brillante que nos hizo caminar, y a veces correr detrás de esa zanahoria naranja y hermosa que pusieron delante nuestro. Desde el punto de vista de los dueños o líderes de las organizaciones (quienes fabrican esta dulce zanahoria) tener a personas siguiendo la ilusión es altamente útil, sea por los beneficios económicos que esto conlleva o por el sólo beneficio de poder.

Y esta situación me lleva a pensar que si estas imágenes mentales casi nunca llegan a concretarse de la misma forma en la que fueron concebidas, ¿Por qué seguimos planificando? Excelente pregunta. Y para no dejarlos sólo con la duda, planteo una alternativa: la filosofía del surfista. Piensen en un momento en el ser humano que surfea, en el momento en que lo está haciendo no hay tiempo para pensar en el pasado ni en el futuro, debe concentrarse en la ola sobre la que se está divirtiendo. Llevado esto a nuestras vidas diarias sería algo así como lo es la filosofía del dejarse llevar por la vida, intentando suprimir a los pensamientos, ilusiones y demás trampas del futuro y del pasado que nos pone el cerebro y estar atentos a las intuiciones, a lo que va sucediendo de forma natural y a todas esas cosas que nos van llevando hacia no sabemos donde, pero que una vez que empezamos a practicar ésta forma de vida todos los días, todos los días y todos los días nos damos cuenta de que siempre nos lleva a buen puerto.

Y para los que les gusta mirar películas y aprender con ellas, los invito a mirar “El guerrero”, “The Warrior”, que la encuentran en Youtube, Taringa, Torrentz y demás webs que ponen al alcance de la mano este excelente film.

Hasta la próxima entrega de Camino al 2012

… bd …

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