19 mar. 2012

Día Tres 6 de Enero de 2012

Salta la Linda

Desperté con los ruidos que había afuera, me costaba creer que hubiera tanta gente afuera, al principio pensé que eran borrachos que habían ido a tomar algo al polideportivo u otros campistas que llegaron tarde, dormí un poco más, pero después los ruidos eran muchos y me intrigaba el tipo de ruido, así que decidí salir de la cueva moderna, mi carpa, y ver el mundo. Eran los obreros de la empresa contratada por la municipalidad que estaban remodelando el polideportivo y comenzaban temprano.

Yo sabía que tenía algunas tareas que hacer así que me levanté con muchas ganas, primero respiré un poco el aire y disfruté de la madrugada, decidí comenzar a limpiar mi cuerpo, así que arranqué con un par de litros de aguar para depurar el organismo que sinceramente me hicieron muy bien. Me puse a cocer la mochila, pues si bien todavía aguantaba el peso, comenzaba a pasar factura y a romperse. Sabía que tenía al menos un kilómetro de caminata así que puse todo mi empeño y estuve una hora reforzando a mi compañera de viaje, que si bien no tenía pollera, guardaba todos mis bienes, los mas necesarios y los más inservibles.

Un par de horas después de levantarme y de desayunar un rico picadillo con galletitas TRAVIATA ($50 por el chivo), desarmé la carpa, armé la mochila y salí caminando por unas calles de tierra gris y polvorienta, es increíble ver que aún cuando llueve esa tierra se mantiene igual, gris y sin onda como si la tiene nuestra tierra colorada.

La ciudad era bonita, la gente pasaba y paseaba a mi lado en bicicleta saludándome como antes se solía hacer en mi ciudad también,algunos con cara de sorprendidos, quizás no sea usual ver a una tortuga humana con caparazón adelante y atrás caminando por las calles. Una vez en la estación de servicios enseguida un hombre me alzó y me llevó por unos 100 kilómetros al cruce de la ruta 16 con la ruta que va a San Salvador de Jujuy y a la Quiaca, los paisajes eran hermosos, mucha vegetación por todos lados, el verde se apoderaba del paisaje, lapachos varios por todo el camino y el conductor que me enseñaba de árboles mientras suavemente deslizaba sus manos por el volante de su camioneta.

La vida me hacía fluir y yo con ella al punto que en menos de 5 minutos estaba arriba de una Toyota Hilux negra a toda potencia y furia pasando ampliamente los 100 km/h por las rutas de salta, subiendo y bajando como si fuera una montaña rusa y yo espectador de lujo en la parte de atrás de esa camioneta durante otros 100 kilómetros que parecieron hacerse en media hora … sabía que la ruta era por General Güemes, pero vi que había otro camino y decidí explorarlo siguiendo con ellos hasta Salta Capital.

El camino a la ciudad era bellísimo, 35 kilómetros de autopista hasta llegar, y ahí estaba ella, metida entre el valle... miles de casas y edificios acomodados entre gigantes montañas que la rodeaban, una gran ciudad que permanecía inmóvil ante tamaña demostración de la naturaleza y de su grandeza. La ciudad se perdía... pequeña en la inmensidad del universo.

Bajamos en una YPF que tenía un hermoso café o shop y decidí quedarme ahí, eran las nueve y media de la mañana y me dispuse a desayunar, el lugar era el shop más cheto que he visto en mi vida, los asientos eran de un cuero negro muy “caté” y la gente que estaba ahí también, por un momento me sentí como sapo de otro pozo, pero seguí adelante con mi plan, así que mientras varios ahí navegaban con sus notebooks y netbooks, y otros leían el diario para enterarse de las malas noticias del día, yo me erguí y me abrí paso con mi mochila gigante y la puse sobre uno de los lugares que eran del tipo de bares yanquis, mesa para cuatro personas, con dos bancos enfrentados en los que uno se sienta y se desliza. Compré unas galletitas, cargué agua para el mate y muy tranquilo me puse yo también a leer el diario, aunque a veces no podía evitar la cara de “tuje” que me ponían los asistentes y los trabajadores de la estación, pero a mi nada me importaba, así que me senté y me quedé piola ahí, disfrutando del aire acondicionado y de mi desayuno, escribí a la familia, a mis acompañantes virtuales y a una personita que vivía en Salta, que evidentemente estaba enojada aún conmigo vaya uno a saber porqué y ni me contestó. En esa ciudad tenía a mi tía y a un par de primos y primas que vivían pero lastimosamente se encontraban en Córdoba, así que después de una llamada, un par de cigarrillos y el paso obligado por el baño decidí seguir viaje volviendo para el cruce que iba a Güemes.

Mientras el tiempo pasaba me daba cuenta de que haber estado una hora al sol estaba mostrándome un suave color rojizo en mi piel de color blanquecino, unas leves quemaduras de grado 3 digamos, el sol comenzaba a brindarme toda su energía que sería una constante en este viaje. De cualquier manera tenía el cuerpo contento y descansado, feliz de hacer lo que estaba haciendo, cumpliendo mi sueño. Días antes de salir, cuando aún me estaba decidiendo a hacer o no el viaje me vino a la mente el pensamiento de que si no lo hacía ahora no lo haría más, lo más lejos que había ido de mochilero y a dedo era a la ciudad de Iguazú, en un viaje con Esequiel y Lorena, que habían sido 17 días, pero esto era mucho más y yo lo sabía. Arrancar una aventura a dos países que no conocía con poco más de 600 dólares, de mochilero y sin conocer la ruta, ni ninguno de los destinos me emocionaba y fanatizaba, era como una pluma volando por el viento con un destino cierto, pero sin saber como llegar y fluyendo a través de lo que iba brindando la vida.

Me quedé unas dos horas en ese lugar de descanso espectacular, pero sabía que debía volver al cruce, charlé con varios conductores que hacían cola para cargar nafta y después de varios minutos de rechazos un hombre con una rastrojera de 1954 me hizo pulgar arriba y al rato estábamos camino al cruce. Para los que se quejan de las colas en las estaciones de servicio para cargar nafta, sepan que siempre hay alguien que sale beneficiado, en este caso, yo. La palabra crisis proviene del chino y significa tanto amenaza como oportunidad, y yo estaba en éste último grupo.

A decir verdad hacer dedo no es cuestión sencilla, es como decirle a una mujer si quiere bailar en el boliche, sabés que vas con las de perder y que posiblemente diga que no, y ahí … precisamente allí es donde queda más del 80% de los hombres, en el miedo al rechazo, saben de las probabilidades y deciden no bailar con tal de no ser rechazados, aunque tengan chances con esa persona. Pero saben que?! Siempre hay alguien que dice que sí. Si bien debo reconocer que el rechazo de un conductor es prácticamente como cualquier otro rechazo en la vida, a la persona número 50 que me dijo que no, rompí una barrera, la barrera del ¿Que me importa?!!. Si bien debo admitir que siempre fui un poquito caradura, en ese momento todo me dejó de importar, sabía que de 20 autos que hablaba uno me iba a llevar, pero para que ese me lleve debía aguantar sobre mi lomo 19 rechazos, y así lo hice, obviamente eso tuvo sus consecuencias de crecimiento lateral en lo que a amor respecta, pero ya vamos a ir sobre eso más adelante.

Ya de vuelta en el camino con Oscar pude apreciar mucho más el hermoso y divino paisaje de esos 35 km de autopista y como el rastrojera argentino iba a 40 km/h disfrutaba el viaje como nunca. Había pasado del desértico Chaco y el Caluroso Santiago del Estero a una Salta que me esperaba con temperaturas agradables, mucha vegetación y llovizna de a ratos.

Una vez en la estación de servicio YPF (para variar) que estaba en el cruce descansé un rato ahí y me encontré con los primeros viajeros/ mochileros. Un padre(concertista de guitarra) y su hijo de Santiago del Estero viajaban en moto y se iban a pasear al norte argentino y dos amigos de Jesús María que harían probablemente el mismo trayecto que yo. Nos pusimos a charlar acerca de las cosas lindas de la vida, los chicos eran muy pequeños y descansaban sin hablar con nadie, mientras charlaba con ellos aprovechaba el tiempo que tenía para ir hablando con los conductores y que alguien me lleve por la ruta. Conseguí que un amigo me diera el ok, y decidí esperarlo mientras el tomaba un baño en la estación de servicio. Seguimos conversan con los chicos sin percatarnos que se avecinaba una tormenta que daría que hablar … y al rato sin darnos cuenta se largó una de esas lluvias misioneras de antes, mucha cantidad de agua y con mucho viento. No había reparo abajo del gigante tinglado de la YPF así que nos mudamos adentro, a la cafetería, y justo cuando el concertista me invitaba a tomar un café mi chofer comenzó a tocar bocina y decidí salir para viajar con él, me despedí de la gente y emprendimos rumbo hacia San Salvador de Jujuy.

El un muchacho joven de la gendarmería nacional muy piola y buena onda, yo … ??? … librado a la imaginación del lector. Pasamos Güemes que era la ciudad más grande que veía desde hacía un par de días cuando había arribado a Corrientes.

Charlamos un largo rato y el hombre se portó muy bien, el acceso a San Salvador era un caos pues estaban haciendo nudos viales entonces pasamos una estación de servicio y después de 5 km de nada, y con toda la buena onda me trajo de vuelta hasta la YPF que habíamos pasado. Y después de unos destratos hacia mi persona por portación de mochila por parte del personal de la estación de servicio y de varios infructuosos intentos por subir a algún móvil y como la noche se avecinaba me dirigí en taxi a la super agitada, pequeña y convulsionada terminal de ómnibus de la ciudad. Parecía el último día del mundo, gente corriendo, muchísimo caos y por supuesto también la paz característica de los mochileros argentinos. Después de las averiguaciones correspondientes me dí cuenta de que Bin Laden estaba vivo y acto seguido me dirigí a tomar el colectivo con destino al poblado de Yala donde me dijeron que había campings, no sin antes probar los exquisitos hot dogs con queso, más conocidos como panchos al roquefort o salchichas calientes a la pizza o chihuahua gratinado al pan, jajajaja.

Viajé en el colectivo urbano con destino a Yala, lloviznaba apenas y la noche ocupaba el horizonte. Una vez ahí, pagué los $20 que pedían para dormir y me dispuse a armar la carpa. En eso saludé a mis vecinos y me invitaron a cenar. Eran dos parejas que viajaban en una combi cada uno y que tenían en la parte de atrás de las combies una cama de dos plazas, en vez de los asientos que suelen haber y ahí dormían. Las mujeres se fueron a dormir temprano y yo me quedé con los hombres conversando y tomando unas ricas cervezas que gustosamente me invitaron hasta las doce de la noche.

Amplia lluvia se abría por el horizonte queriendo entrar en mi carpa, de ahí en más fue luchar contra el agüita que se quería colar en la carpa hasta que me quedé dormido...

2 comentarios:

Anónimo dijo...

GRANDEEEE MI VECINOO...ES INCREIBLEE!!! SEGUILAAAAA Q QUIERO EL DIA 4 Y ASI HASTA EL DIA 40 Y NOSE CUANTO JAJAJAJAJA!! CARLITA L.

Anónimo dijo...

Gracias Carlilla !!

Ya tengo el día 4 escrito, hoy o mañana lo publico ...

Nacho